15 agosto, 2018

Juegos Florales de Santa Rosa de Copán: "Por pisto... hasta el culo me han visto"

Nuestra calavera andante y humeante: Darío Cálix recibiendo el premio de manos de Julio Escoto, jurado for life de los Juegos Florales. Fotografía por Mando García, jurado for life.

Seguimos vivos, querido público. En esta ocasión le traemos el cuento con el cual Darío Cálix, miembro fundador y for life de La Hermandad de la Uva, perdió de ganarse el primero o el segundo lugar de la edición #32 (jue puta) de los Juegos Florales de Santa Rosa de Copán y aterrizó a puros huevos en un tercero.

"¿Es verdad que el primer lugar se lo ganó un dentista?", le preguntó un reportero copaneco cuando se subía al bus.

"Un dentista floral", contestó Cálix, bien mystic artistic.

Según un reporte que nos ha enviado nuestro departamento de Inteligencia Reguetonera, Cálix fue abucheado por el público presente-  por el discurso que se echó cuando se le entregó el premio.

"Bueno, a mí por pisto... hasta el culo me han visto", dijo, y lo remató con un "¡Arre, Familia!". 

El Roble Copaneco tuvo que intervenir rápidamente con su himno "La 3.0" para aplacar a los doñitas maleadas.

Acerca del cuento, Cálix nos dijo que forma parte de una colección que está armando titulada "Cuentos para tal vez ganar concursos rurales".

Sin más preámbulo, aquí se lo dejamos:

Por el relieve de un amor


“I don't know why and I don't know how,
but she's nobody's baby now"
Nick Cave

Alguien ya la estaba seduciendo, ella lo deseaba pero no se atrevía a consumar el acto con un ser hasta hace poco extraño y entonces descargaría sus ganas por él pero conmigo, navegando por lo
seguro, entre las líneas de mejor un mal conocido... “Y eso”, me dije a mí mismo, “eso era todo”.
Yo recordaba muy bien que al hablar de amores pasados ella enfatizaba siempre el hecho de que era muy buena olvidando, que una vez algo se terminaba, se terminaba; y que nunca volvía la cabeza atrás, nunca. ¿Entonces por qué lo haría conmigo?

°°°°°°

Con mucha dificultad, finalmente logré salir de mi estado catatónico y me dispuse a comenzar el
jodido día de una buena vez por todas. No andaba en el mejor de mis ánimos. Me invadía la
incertidumbre y los nervios. Días atrás había planeado un encuentro con P. Ambos estuvimos de
acuerdo en que sería un encuentro pasajero y que tendríamos la madurez emocional para
manejarlo. En el momento me sentí muy valiente y en control de la situación, acepté sin titubeos.
Últimamente el juicio me fallaba mucho, las acrobacias emocionales se habían convertido en mi
pasatiempo favorito. Él había sido -durante los últimos 4 años- la razón de mis desequilibrios y de
mi suicidio emocional.
°°°°°°°
Cuando cumplimos el primer año de noviazgo yo le regalé una cadenita con un dije de plata en
forma de uña de guitarra -como un corazón tímido- con tres letras talladas enmedio: T y P. Durante
nuestra última discusión, ella se arrancó la cadenita del cuello con un gesto de lo más dramático y
me la aventó con todo y dije a la cara. “¡Hartate tu mierda!”, me gritó.

Ella probablemente lo habría dado ya por perdido, pero la verdad es que me aferré al dije, lo
colgué de un cordón y lo guardé en una mi cajita de secretos. De vez en cuando, en las noches más
solas, sacaba el cordón de su cajita y me lo ponía al cuello. Me recostaba de lado mientras pasaba
mis dedos por el relieve de nuestras letras hasta que alcanzaba el sueño.

Y a veces me era preciso andarlo puesto en el cuello a todo momento, como un blindaje
contra ciertos días...

Como habíamos acordado encontrarnos en un hotel, me pareció adecuado cargar algún tipo de
equipaje. Lo más práctico que encontré fue un viejo maletín café que solía utilizar para llevar mi
laptop al trabajo. Ahí metí una caja de condones, una cajetilla de cigarros y el cordón con el dije
plateado.

De hecho, me lo había puesto, pero luego pensé que podría ser una mala idea. Me la imaginé
quitándome la camisa y escupiéndome una semejante carcajada en la cara al ver que andaba puesto
aquello. Me la imaginé llorando. Me la imaginé furiosa, arrancandome el cordón para volver a
tirarme el dije en la cara. Me la imaginé poniendo el dije en unas brasas vivas y luego marcándome
el cuerpo múltiples veces con el. Me la imaginé paseandome en el centro de San Pedro Sula con una
soga al cuello, gritando ¡se vende este novillo picarillo! ¡Se vende novillo baratillo! Y me imaginé
una decena de mujeres asquerosas acercándose a mí para revisarme cual mercancía- solo para luego
descartarme con gestos de desprecio al ver que en todo el cuerpo llevaba la marca de T y P, T y P, T
y P… la marca del rancho del cual me había escapado para la furia de mi dueña.


°°°°°°
El camino se me hacía largo, el taxista no paraba de hablar. La musiquita cristiana que llevaba
puesta y el calor infernal hicieron de ese viaje un horror. A él parecía no molestarle el calor y se
mantenía empecinado en platicarme de política.

Llegamos a la clínica dónde le había indicado, le pagué la baja tarifa que me cobró por
soportar ese calor de mierda junto a él. Se alejó y se perdió a lo largo.

Caminé unas cuadras y me detuve, sentí el impulso de regresar. La valentía se había disipado. Hasta en ese momento estuve consciente de lo que estaba a punto de suceder. Mis manos empezaron a sudar, mi estómago se comprimía, me costaba respirar un poco, los nervios me atacaron intensamente. Aun así, decidí entrar al hotel. Esperaba ver un lugar un poco más feo y
sucio. El lugar tenía la fama de usarse para actividades que llamaré “extracurriculares”, por lo
tanto, no esperaba finezas de ningún tipo.

Me acerqué al contador y el recepcionista me atendió amablemente, me dio las opciones
disponibles y las tarifas respectivas. Miré entre las opciones decidiéndome finalmente por una
habitación sencilla con una cama Queen.

“Se quedará sola?” me preguntó mientras deslizaba mi tarjeta por el POS.
“No; es una habitación para 2” le respondí con pena. “Mi….”, callé por un momento
mientras firmaba el baucher- “...novio vendrá pronto, regístrelo bajo P.” agregué.
Él me miró y sentí sus ojos prejuiciosos sobre mí, seguramente sabía que yo era de esas
clientas que rentaban la habitación solo por unas horas. Seguro sabía que tenía doble moral, muy
conservadora como para pagar un motel pero lo suficientemente puta para follar en cualquier otro
lado. El vestido corto y mi aspecto confirmaban cualquier sospecha.
Me entregó la llave de la habitación, la pequeña llave que contenía mi destino. La llave hija
de puta que sentí el impulso de arrojar al vacío para luego salir corriendo de aquel lugar tan
extraño.

Tomé la llave y ví el número de habitación, quedaba en el 3er piso de aquel edificio.
Mientras buscaba las escaleras pensé en el número 3... En la Música se distinguen TRES
sonidos: el AGUDO, el MEDIO y el GRAVE; sus Claves son también TRES: de SOL, de DO y de
FA; y en idénticas condiciones: TRES ,son los intervalos del PERFECTO ACORDE. Las Trinidades
Egipcias fueron 3: Isis, Osiris y Horus. Los principios de la masonería son 3- seguía pensando
mientras subía las interminables escaleras. Jodido número 3, ojalá no seás de mala suerte- me dije
a mi misma mientras colocaba la llave en aquel cerrojo oxidado que me separaba del pasado.
°°°°°°°°

Al llegar al hotel me percaté de que ya había visitado ese lugar antes, casi una década atrás cuando
buscaba trabajo por primera vez. Al estacionar mi carro, me quedé absorto por un momento,
observando la fachada de aquel viejo edificio. Recordé que el lugar me había resultado muy extraño
antes. Las luces eran tenues en aquella ocasión, y me recibió un viejito turco que andaba con un
periquito verde en un hombro que me distrajo durante toda la breve entrevista. Nunca me llamó y
nunca imaginé que volvería a aquel lugar. Pero ahí estaba entrando para encontrarlo mejor
iluminado. Supuse que el turco había muerto, junto a su periquito, y que sus herederos lo habrían
remodelado. Me atendió un joven que habría tenido quizás la misma edad que yo tuve cuando
apliqué para trabajar ahí.

T. ya me había instruido sobre qué decir al llegar al mostrador y, sin embargo, me sentí
nervioso. Algo había de pecaminoso en todo aquello, o al menos así podía sentirlo. Cuando el joven
me entregó las llaves noté que me temblaba la mano, así que  antes de subir a la habitación hice una
pequeña parada en el bar del hotel para comprar una cerveza.

°°°°°°°°°

4:00 La habitación era pequeña pero acogedora. Frente a la cama había un gran espejo. Una tenue
luz que provenía de una lámpara de mesa, iluminaba el lugar. Me acosté sobre la cama un
momento.
4:15. Mi ansiedad volvía.
4:35. Me senté sobre la alfombra junto al armario y puse algo de música. La música siempre me
calmaba. Puse un disco de Punk con artistas variados. Necesitaba música poco emocional. Richard
Hell me pareció perfecto para contrarrestar mis males en ese momento. “Love comes in spurts” era
la canción que sonaba en ese momento.
“I just can't get wise
to those tragical lies
though I now know the facts
they still cut like an axe”
Richard Hell y el modo aleatorio de mi reproductor musical decidieron acuchillarme también.
5:10 Sonó mi teléfono, era una llamada que no podía contestar. No tenía ganas de responder
preguntas y terminar confesando en dónde y por qué estaba yo ahí. Era mi pequeño secreto.
5:17 2 pequeños golpes sonaron en la puerta de la habitación. Por un breve momento pensé que
era el personal de limpieza. Decidí no responder. 2 golpes más.
“¿T..?”,  preguntó suavemente aquella voz tan familiar. Me quedé paralizada por un
momento, dudando si debía abrir aquella puerta o quedarme callada esperando a que se marchara
y ambos olvidáramos el incidente.
Hubo un pequeño silencio. Pensé que se alejaba. Me puse de pie y con miedo abrí un poco
la puerta. P. seguía de pie, ahora frente a mí. Había olvidado su rostro, todo su aspecto desprolijo.
Lo dejé pasar y me senté en una esquina de la cama.

“Pensé que ya no vendrías”, le dije, mientras me acomodaba el vestido.
°°°°°°°°

Me quedé paralizado por un instante cuando al fin abrió la puerta de la habitación, casi se me cae la
botella de cerveza al suelo. Andaba puesto un corto vestido blanco que ella bien sabía que me
volvía loco. Sus enormes ojos negros se encontraron con los míos y apenas podía respirar con un
ardiente estertor. “Pensé que ya no vendrías”, me dijo trémula. Sin poder formular la más mínima
frase avancé dentro de la habitación, puse la botella de cerveza en una mesa de sobrenoche y lancé
el maletín café al suelo, precisaba besar su boca roja lo más pronto posible. Así como estaba
reaccionando de disparatado mi cuerpo, aquella acción parecía cuestión de vida o muerte. Una vez
se encontraron nuestros labios no volvió la calma, a los nervios más bien sucedió una lujuria
portentosa. Nuestras lenguas intercambiaban bocas al punto que ya no sabía cuál me pertenecía a mí
y cuál a ella, parecía que saltaban de la una a la otra. Con mi mano derecha le agarré fuerte una
nalga, y luego la otra, mientras que con la izquierda por momentos acariciaba con delicadeza su
pelo, por momentos la empujaba hacia mí para generar presión entre nuestros labios. Me invadía
una extraña sensación de querer meter todo mi cuerpo en el suyo, de desaparecer, de que tomara ella
todo lo mío, tanto lo bueno como lo malo, y siguiera así toda su vida entera conmigo adentro. Me
sentía… me sentía perverso.

Cogimos dos veces seguidas prácticamente sin mediar palabra. Al final del segundo polvo descansé
mi cabeza en su pecho, una buena parte de su pelo me cubría la cara y estar así, envuelto de ella y
de su olor me hacía tanto bien como mal. En definitiva, la farsa de tener el control por sobre mis
emociones cayó ahí. Me sentí amarrado al mismo tiempo que desbordado. Podía escuchar las
fluctuaciones del latido de su corazón, llamando, llamando, llamando… Nos besamos largo y
tendido, recorrí sus gruesos labios con mi lengua, los chupé. Siempre me resultaron fascinantes- era
preciso aprenderlos de memoria así que repetí los bosquejos con mi lengua varias veces más.

“Te extrañé”, le dije viéndola a los ojos en un breve instante de valor. Rápidamente volví a esconder
mi rostro entre sus clavículas.
“Yo también”, susurró ella, y me pareció que lloraba por los movimientos sutiles que me transmitía
su cuerpo. 

Pero no me atreví a verla. Quería decirle que la amaba, que había sido un tremendo idiota y que solicitaba su perdón, que durante gran parte de nuestra fracturada relación yo había vivido entre fantasmas, y que en mi relación anterior a ella había sido la misma historia, que yo era así -”¡¿Qué no me ves?!”-, un jodido ausente, un fantasma por mi propia cuenta que no vivía las cosas hasta que ya estaba muerto y todo eso, ¿para qué?, para luego escribirlas porque esa era la única manera en la que podía aproximarme a vivir algo de verdad, así, entre mentiras y fantasías, entre páginas llenas de cosas que no eran ciertas.    Quería decirle que una vez estando en la escuela un niño más grande me dijo que yo era feísimo y que por mucho tiempo ese recuerdo me revisitaba y que no había sido hasta hace poco que había deducido que de ahí venía mi afán de querer follarme a todas las mujeres bonitas que conocía. Quería decirle que recordaba como mi mamá ponía peluches en las ventanas durante la noche porque mi papá muchas veces no estaba, que a él lo veía llegar a altas horas de la noche bien borracho y bien simpático -el mejor bolo del mundo-, y que no había sido hasta hace poco que había deducido que ahí había nacido mi propio alcoholismo, que aunque por tiempos prolongados lo podía controlar este siempre volvía, como siempre vuelve un niño a su adorado padre. Quería decirle que yo antes también creí en la fidelidad, a ciegas, y que fui traicionado y que al darme cuenta quedé en un estado catatónico por un buen rato, dándole golpes con el puño derecho a un mueble de madera y le quise enseñar las cicatrices en mis nudillos, tan finas que probablemente nunca se dio cuenta de su existencia. Quería decirle que ella era la persona más interesante, sexy y noble que yo jamás había conocido y que no tenía ni la más mínima culpa de mis acciones, que había sido yo y solo yo el arquitecto de mis desgracias, que era yo el gran saboteador de mí mismo, que no se trataba tanto de no haberla amado a ella sino más bien de no haberme amado a mí mismo lo suficiente como para reconocer lo que ahí tenía. Quería decirle que me costaba tanto decir todas esas cosas, que nunca se las había dicho a nadie y que ni en mi mundo de falacias -la literatura- me podía atrever a contarlas. Quería decirle también que de entre todas las cosas que me costaba decir, "te amo” era de las primeras. Pero eso ella ya lo sabía de sobra. Deshizo el extraño nudo que se había hecho entre nuestros cuerpos y se fue a duchar. Quedé en la cama de ese viejo hotel en silencio, como tan bien sabía estar, con un amargo sabor en la boca igual de conocido: aquel de no saber expresarme aún cuando de ello dependen las cosas más importantes de la vida. Luego vino el ensimismamiento, el incómodo acto de vestirse y de caminar juntos hasta el vestíbulo del hotel.

“¿Te vas conmigo?”, le pregunté, rompiendo al fin el silencio.
“No. Tomaré un taxi”, respondió, sin siquiera verme.

Caminé hacia mi carro sumido en mis pensamientos. ¿En qué momento pidió un taxi? Seguro que mientras fingía darse una ducha. Ya no soportaba mi presencia. ¿Te vas conmigo? ¿Y a dónde podía yo llevarla que no la hubiese llevado antes? A la desdicha, al desamor, al desencanto, pasando allá por la calle Dolor, hacia el edificio Resentimiento… Qué arrepentida debió sentirse, qué ingenua, qué tonta… De pronto el ruido de la calle me regresó a mí mismo y me encontré adentro de mi carro, pasando mis dedos por el relieve de las letras inscritas años atrás en aquel dije plateado, mientras miraba fijamente como su vestido corto bailaba con el viento al caminar apresuradamente hacia el taxi que ya la estaba esperando. 

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